El mito del Alcalde de Móstoles (V)
Autores como Juan Ocaña pretendían hacernos creer que la memoria colectiva de los mostoleños guardaba fresco el recuerdo de lo que pasó en Móstoles el 2 de mayo de 1808, más de tres cuartos de siglo después. Esto quizá sería factible si la gestación del bando hubiese sido un hecho público, muy notorio y sonado en el vecindario, pero creemos que, en realidad, en su día constituyó algo irrelevante para la inmensa mayoría de los mostoleños que vivieron aquel tiempo, ya que difícilmente podían retener en su memoria una simple gestión posiblemente secreta del consistorio, en una época plagada de tragedias y penurias. Así pues, únicamente los que tuvieron alguna participación en la gestación y/o difusión del bando podrían rememorar, confusamente, algo de lo sucedido aquel aciago día de primeros de mayo, recuerdo que sería de poca relevancia en comparación con la vorágine de dramas personales y familiares vividos durante la contienda, que eclipsarían un hecho al que, probablemente, no se le dio importancia hasta muchos años después, fallecidos ya los protagonistas, cuando algunos cronistas lo recuperaron por su trascendencia histórica y señalaron públicamente a Móstoles como una villa heroica distinguida en la Historia reciente de la nación española por la hazaña de su alcalde. Cuando la gesta del Dos de Mayo se convirtió en un mito nacional, probablemente sólo quedaban en nuestra villa dos de sus participantes secundarios, que entonces eran jóvenes y con suficiente edad como para revivir, no sin cierta neblina que otorga el tiempo a los recuerdos de épocas trágicas, lo que hicieron el 2 de mayo de 1808; nos referimos, naturalmente, al clérigo Fausto Fraile y al postillón Antonio Hernández, cuyo supuesto papel, ni confirmado ni desmentido, fue el de traer a la villa la noticia de las matanzas perpetradas por los franceses en la capital, el primero, y quizá de acompañar al mensajero de la proclama –Pedro Serrano- hasta la casa de postas de Navalcarnero, el segundo. A mediados del siglo XIX el mito del alcalde había hecho famoso el nombre de Móstoles, pero aquí nadie o casi nadie tenía certeza de cómo se había gestado y difundido el célebre bando, pues solo existía la parca versión contada por cronistas y rumores locales confusos, entre los cuales sólo los relatos de Fausto Fraile y Antonio Hernández podían arrojar alguna luz. A pesar de ello, sorprende que en un principio se rindiese homenaje en Móstoles a los dos alcaldes ordinarios de 1808, y no a uno solo, como se haría después, y también sorprende que, inicialmente, se le reconociese a Villamil su papel preponderante en la gestación de la proclama. Esto se confirma por el hecho de que la corporación municipal rebautizase hacia 1861 o 1862 las calles de Segovia y de la Amargura con el nombre de aquellos alcaldes, y que en 1868 la Junta Revolucionaria del municipio rindiese homenaje a los mismos y a Villamil en unos términos muy cercanos a la realidad que hemos podido documentar. Al poco tiempo, ya en la época de la I República, aparece el primer relato detallado de la gesta, transmitido por fuentes locales, en el que se desfigura la realidad para dar el protagonismo al alcalde Andrés Torrejón, quien ahora juega un papel central según esta exégesis, y una posición secundaria el ilustre secretario del Almirantazgo, Pérez Villamil, casi marginando al otro alcalde, Simón Hernández, y relatando la escena con toda la solemnidad que correspondía a una epopeya nacional, a la que en sucesivas escenificaciones teatrales y relatos más elaborados se adornó con circunstancias fabulosas –como la gestación del bando en una asamblea pública en la que cundía la exaltación del patriotismo- y detalles inventados. Creemos que el portavoz de esta exégesis chovinista, que maximizaba el mérito de los mostoleños en detrimento de los foráneos, debió de ser el secretario municipal Mariano Torrejón, que ejerció el cargo durante casi toda la segunda mitad del siglo XIX. Probablemente el apellido de este portavoz influyó en que su versión llevase por protagonista indiscutible, precisamente, al alcalde Andrés Torrejón, de quien debemos advertir, por si alguien se pone a pensarlo, que no era ancestro del secretario.
























